Y comprendí que hay momentos que solo se viven una vez. Que hay sonrisas que salen sin ser buscadas, que cada momento es único y que nunca más se va a volver a repetir. Que la felicidad está dentro de uno y no al lado de nadie.
Que hay silencios que separan más que kilómetros y que la vida no se cuenta en años, se cuenta en daños. Que cada error es importante porque de cada uno de ellos se aprende algo necesario para poder continuar. Que a veces llega la lluvia de ese otoño aún cálido para borrar las heridas. Que hay que vivir el momento para entender el destino.
Y que a veces, nos empeñamos en decir que la felicidad está en un sitio, en un lugar, pero quizás la felicidad no esté ahí quizás se encuentre en alguno de esos pequeños instantes en los que no prestamos atención, pero que luego al recordarlos nos hacen grandes. Y que siempre hay que mirar hacia adelante porque ni de amores se muere ni de recuerdos se vive. Aprendí a darme un suspiro, y esta vez seguir por mi, no por los demás, porque decidí no fallarme a mi misma. Y sí soy de esas personas que intenta ocultar sus sentimientos, por miedo, por miedo a que me vuelvan a fallar, por miedo a que me rompan mis sueños en mil pedacitos, por miedo a que se desvanezcan mi esperanzas.
Porque es mirar una foto antigua, y darte cuenta de como cambiaron las cosas que quien estaba ahí, ahora ya no lo está y duele.
